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Los héroes del terremoto del ‘86


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Carmina Castro
En Reportajes
Viernes 10 de Octubre de 2014

A 28 años de uno de los mayores terremotos que han sufrido los salvadoreños, El Blog conversó con una sobreviviente del derrumbe del edificio Rubén Darío, una exenfermera y otra que aún lo es y un bombero, quienes como muchos otros jugaron un papel importante para auxiliar a los más afectados. (Fotos/Pedro Lemus/Carmina Castro)
El percance dejó a 1,500 fallecidos y a 200 mil personas damnificadas

La intensidad del terremoto fue de 5.7 grados en la escala de Richter

Los 10 minutos antes de las 12:00 p.m. del viernes 10 de octubre de 1986 marcaron la vida de muchos salvadoreños, sobre todo la de los capitalinos. No por la guerra civil que abatió al país en esa ocasión, sino por un sismo con una intensidad de 5.7 grados en la escala de Richter.

El percance dejó a 1,500 fallecidos y a 200 mil personas damnificadas, según los reportes plasmados por el historiador Thomas Anderson.

El Blog habló con cuatro personas que resultaron afectadas en ese momento para rescatar la historia y conmemorar los 28 años que hoy se cumplen luego de ese siniestro. Entre ellas se encuentra una de los dos sobrevivientes del edificio Rubén Darío, símbolo de la tragedia.

El bombero

Luego de laborar como ordenanza y como ascensorista del emblemático edificio Rubén Darío en 1,971, Carlos Alvarado volvió a ese inmueble un tiempo después. El terremoto del ’86 lo obligó a regresar, pero esta vez como bombero. El fin: rescatar a los posibles sobrevivientes del derrumbe.

Alvarado, el ahora radio operador de Comandos de Salvamento, relató que mientras el reloj marcaba las 11:50 de la mañana se encontraba en el cuartel central de bomberos.

“Todos quedamos asustados. Nos dieron tiempo para ir a ver que todo estuviera bien en nuestras casas y luego nos fuimos a ayudar a los afectados. A mí me mandaron a apagar el fuego del (edificio) Darío”, explicó, a la vez que detalló que las llamas fueron originadas por la explosión de los tambos de gas de la cafetería “El Caminante”, que se encontraba en la azotea del edificio de cinco niveles.

Las acciones de rescate se realizaron bajo la fuerte tormenta que cayó durante la tarde del día del desastre.

“En ese edificio había bastante gente almorzando, porque ya era la hora. Yo sabía qué negocio era el que estaba en cada nivel por el trabajo que desempeñé ahí”, dijo Alvarado, a la vez que detalló que entre los negocios que albergaba el edificio Darío había una joyería, una venta de cosméticos y una clínica de odontología. De esta última se rescató de todo el derrumbe a una odontóloga.


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La sobreviviente del Darío

“Los  milagros existen”, es la frase con la que muchos salvadoreños describen el caso de Ana Delmy González, la doctora en odontología que fue rescatada de los escombros del Darío, el edificio que se derrumbó luego del fenómeno natural.

A sus 36 años de edad, González laboraba en el “Centro Dental Arce”,  una clínica privada odontológica ubicada en el segundo nivel de la edificación y que pertenecía a los esposos Chavarría, quienes murieron, junto a su hijo, luego del percance.

La profesional esperaba la hora de salida (12:00 del mediodía), porque debía ir a traer a sus tres hijos a sus centros de estudio, que como el Darío se ubican en el centro de San Salvador. 

“Escuché una explosión, pero creí que una bomba había detonado, porque como estábamos en la época de la guerra. Por el susto no había terminado de decir ‘Dios mío’ cuando empezó a caerse el edificio”, narró la sobreviviente, quien quedó soterrada por 11 horas con uno de los pilares de la infraestructura sobre sus piernas.

A su lado cayó Estela, una de las seis asistentes del consultorio que murieron ese día. “Doctora, ayúdeme. Yo me estoy muriendo, doctora”, fueron las últimas palabras que emitió, aseguró la odontóloga. 

“Después de que se desplomó el edificio encima de nosotros escuchaba el llanto de la gente con la que quedamos atrapadas. Pero, poco a poco, se fueron silenciando las quejas de dolor y quedé sola con mis oraciones”, dijo.

Elementos de Comandos de Salvamento y civiles hicieron un boquete, en donde González logró salir con vida, después de un suplicio que parecía interminable.

“Gritaba pidiendo ayuda. Todo estaba oscuro, pero con mi mano logré encontrar una vara de hierro con la que hacía ruido para que me encontraran pronto”, explicó la odontóloga, a quien le habían comentado que tendría que perder ambas piernas para poder extraerla de los escombros.

“Pensaba en mis hijos y dije que si tenía que vivir amputada para verlos crecer, pues que así tendría que ser”, manifestó. Pero con esa misma varilla logró remover el cemento de sus piernas, salir y seguir viviendo junto a los suyos.

Actualmente, a sus 64 años, desempeña su carrera en dos centros médicos. Uno de ellos se denomina como el día en el que muchos salvadoreños dejaron de vivir: Unidad de Salud 10 de octubre.


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La exenfermera del Bloom

A la misma hora que todos recuerdan el suceso destructor, Sonia Mabel de Castro se desplazaba por los pasillos del séptimo piso, en donde se ubicaba el servicio de ortopedia del Hospital Nacional para Niños Benjamín Bloom.

El papel que desempeñaba en ese momento era el de enfermería. A la vez, era estudiante de la facultad de odontología de la Universidad Nacional y madre de familia de dos infantes.

Los 5.7 grados del terremoto hizo que de Castro cayera al suelo, junto a sus compañera de labores, por la inclinación que el edificio de 11 plantas obtuvo por el percance natural. Los gritos de desesperación y los llantos surgieron.

“En ese momento jugué el papel de madre con los pacientes. Cargué en mis brazos a un bebé que estaba enyesado y comencé a guiar a siete niños más para que bajáramos por las gradas de emergencia del edificio”, comentó la hoy profesional en odontología. “La mayoría de ellos iban con sus muletas”, dijo.

La evacuación del edificio fue con la ayuda de los padres, debido a que se acercaba la hora de las visitas, contó a El Blog. “Al parecer solo un paciente murió al fallar la máquina que lo mantenía con vida en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI), porque estaba con un respirador artificial que necesitaba energía eléctrica”, recordó.

El personal del Bloom, entre ellos de Castro, logró conseguir que abrieran el portón trasero del instituto General Francisco Menndez - hoy Instituto Nacional Albert Camus (INAC)- para ingresar a los pacientes del hospital. 

A partir de ese día, se creó lo que hoy se conoce como el anexo o edificio de la consulta externa del Bloom. “Llegamos para quedarnos. Nunca más nos sacaron de ahí”, dijo.

Los ojos de Sonia Mabel lograron ver al ortopeda Manuel Vicente Henríquez terminar una cirugía a un paciente que se encontraba sobre el asfalto. Los médicos improvisaron unas salas de operaciones sobre la 25 avenida Norte.  

Al día siguiente, la profesional se acercó al edificio semi derrumbado. “Me puse a llorar, porque en ese momento se había desplomado tanto la facultad en donde estudiaba, el sitio en donde trabajaba y parte de mi vivienda”.

El percance fue superado. Actualmente, se desempeña como doctora en el área odontológica del mismo hospital que un día la vio caer en el séptimo nivel.


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La enfermera del ISSS

Ese mismo viernes, Cuper Guardado laboraba desde hacía un año como auxiliar de enfermería en el Hospital General del Instituto Salvadoreño del Seguro Social (ISSS). Estaba asignada al sexto piso del edificio, donde se encontraban los pacientes operados de las diversas especialidades como ortopedia, urología, neurocirugía; además, algunos de ellos presentaban fracturas y dependiendo su gravedad necesitaban de arneses y estructuras para poder sanar de sus lesiones.

A las 11:50 am, Guardado atendía a un paciente no vidente, al que había que mantenerlo inmóvil para que todo saliera a la perfección. “En ese momento le dije al pacientito ‘no se mueva, porque si lo hace lo podría lastimar’. De repente entró el doctor Bautista, el urólogo, gritando ¡terremoto!”, comentó la enfermera.

El Hospital General del ISSS, uno de los más grandes de la región, se estremecía hasta la médula mientras a unas cuadras la consulta externa del Hospital Nacional de Niños Benjamín Bloom colapsaba y más al oriente se derrumbaba el edificio Rubén Darío. Caos total.

“En ese momento agarramos al paciente y lo sacamos. El doctor Bautista bajó a varios pacientes hasta el parqueo”, rememoró desde su oficina la hoy jefe de enfermería del Servicio de Urología del Hospital Policlínico Roma del ISSS.

El personal hospitalario, previendo una réplica del sismo, colocó a los pacientes en colchonetas y los bajaban a rastras por las escaleras hasta llegar al parqueo del nosocomio. Solo en el sexto piso se encontraban 60 pacientes. Todos sin poder trasladarse por su cuenta.

Aquellos 60 pacientes del sexto piso tendidos en el parqueo del hospital necesitaban calmantes para sus dolores de las fracturas no sanadas. Además, necesitaban implementos para curar las heridas que sangraban ante los movimientos ocasionados por la urgencia del traslado.

“Cristabel de Martínez, una compañera que ya falleció, me dijo que regresáramos al sexto piso para agarrar los medicamentos y jeringas que pudiéramos. Así fue”, relató.

Mientras se encontraban adentro del edificio inutilizado por el sismo, una réplica sacudió San Salvador. “A Cristabel y a mí nos agarró otro temblor allá arriba, solo nos abrazamos en el pasillo y ella dijo ‘que se haga la voluntad de Dios’”.

Debido al estrés de la situación, la jefe de Cuper dio a luz en el parqueo mediante cesárea. Los médicos improvisaron con biombos y sábanas un quirófano para que pudiera parir.

Cuper recuerda que a las tres de la tarde una supervisora la trasladó al área de recién nacidos del nosocomio. En esa área, ella cargaba a dos niños a la vez, uno por brazo, mientas se buscaba la forma como alimentar a todos los infantes con leche. 

Las horas transcurrían y alrededor de las cinco de la tarde, Guardado debía regresar a su vivienda ubicada en Tonacatepeque. Se marchó, pero por la misma tensión aún no recuerda cómo llegó a su casa. “No sé cómo llegué… una ambulancia me fue a dejar a la Toscana creo… iba para mi casa y pasé por el Bloom. Yo había hecho el año social ahí y yo quería muchísimo al Bloom. Vi toda la consulta externa abajo. Hasta me dieron ganas de llorar de ver la tragedia”.

Al día siguiente, a plenas cinco de la mañana, salió rumbo a aquel parqueo que el ISSS había convertido, con tantos canopis, en un hospital de campaña.

Días después, el sexto piso de Cuper fue trasladado al Hospital “1° de Mayo” donde se mantuvo operativo. Aquella auxiliar de enfermería fue trasladada al Hospital Médico Quirúrgico en 1,989 y ya en los años 90’s trasladada al Servicio de Especialidades de la autónoma ubicados en edificios del Hospital Nacional Rosales. No fue sino hasta 18 años después que con la reinauguración del Hospital General, en el año 2,004, regresó a laborar en él.

De los pacientes alojados ese viernes en el nosocomio ninguno falleció.

“Ahí no se esperó nada, comenzamos a bajar a los pacientes; lo que sucedió fue un trabajo en equipo y no se distinguía quien era el médico y quien la auxiliar de servicio, quien era auxiliar de enfermería y quien la enfermera graduada”, finalizó su relato.



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