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"Los panes de muerto" nuestros de cada día


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Pedro Lemus @PeterLemusSv
En Reportajes
Sábado 23 de Agosto de 2014

Ubicados a un costado del cementerio La Bermeja desde hace más de 25 años, la familia Contreras se gana la vida vendiendo uno de los bocados salvadoreños que tiene una de las historias menos pensada sobre ellos: los que sobran son regalados todos los días a los indigentes desde que el negocio fue fundado hace 50 años.(Fotos/Pedro Lemus)
50 años posee este negocio familiar

Siempre tiene que haber comida

Cuando alguien invierte en un negocio de comida, o en cualquier negocio, la lógica empresarial dicta que los costos deberán reducirse para poder aumentar las ganancias. Pero eso es un mito para un puesto de comida que está ubicado a un costado del cementerio “La Bermeja”, sobre la 25 avenida sur, donde al final de la jornada laboral los alimentos sobrantes se reparten de forma gratuita entre los indigentes quienes hacen fila para recibirlos. 

Lo que estas personas reciben de lunes a sábado son los popularmente “panes de muerto”. 


Corrían los años 60’s cuando José Elías Contreras dejó su natal Sociedad, un municipio del departamento de Morazán, para llegar a San Salvador. Ya en la urbe, Contreras se dispuso a buscar trabajo pero no encontró donde; tampoco encontró quien le diera de comer y conoció el hambre. Con estos fatídicos incentivos y su voluntad se dispuso a vender panes en un cajón. De eso pasaron ya 50 años y 25 de haberse mudado al cementerio.


Por su peculiar ubicación, con el  pasar de los años los han nombrado de muchas maneras: “panes chupadedos”, “panes de la muerte”, “panes el cementerio”, “panes la 25”, “panes Barón”, “panes Honda”, “panes quitagoma”, “panes Elías”, “panes el chino”… El puesto es actualmente atendido por Karla de Contreras, su esposo José Contreras y el hermano de este Amílcar Contreras.

La idea de regalar comida sobrante del día tampoco obedece la lógica empresarial que dicta que se debería de guardar el sobrante para mezclarlo con lo preparado al siguiente día y ponerlo a la venta; sin embargo, este peculiar puesto de música es la excepción a la regla como un recordatorio de la s viejas penurias. 

“Mi suegro me cuenta que recién llegado a San Salvador pasó días sin comer, el sabe que es tener hambre y que nadie le ofrezca una tortilla y le digan ‘cométela’; por eso dice que a la gente de la calle siempre les da; además para nosotros regalar es bendición, el Señor nos bendice más”,  dice Karla.


La jornada de la familia arranca a las cuatro de la mañana cuando todos los ingredientes que componen este peculiar majar salvadoreño son preparados. “Todos los ingredientes son preparados del día, hasta la mayonesa, porque esa la hacemos nosotros”, señala esta Karla.

Estos panes tienen como ingredientes un huevo duro, una salchicha, frijoles fritos, pollo, mayonesa, curtido y chile al gusto. Y se ofrecen a los comensales en sus versiones pequeño y grande con un valor de $2.90 y $3.90 respectivamente.


Pasados los primeros días y con un carretón para vender, “los panes” estaban ubicados en los alrededores de lo que fueron las oficinas de H. Barón y Honda pero la popularidad de aquellos tiempos hacía que al mediodía la clientela ocupara el parqueo de una de las empresas y al dueño no le agradó y pidió a Contreras moverse de ahí. Es entones como desde hace 25 años se encuentran a un costado del cementerio La Bermeja.

Los panes se daban en la mano, sin platos, las mesas y las sillas no existían y la gente se sentaba en la acera a comer. “Eran otros tiempos”, definiría Karla.

En octubre próximo, José Elias Contreras padre cumplirá 72 años de edad y el puesto de panes se los heredó a sus hijos y nuera con la condición que siempre siguieran regalando comida a los indigentes. “Lo de dar la comida ya venía, como decimos, ‘en el paquete’”, señala Karla.


“Los panes de muerto” también fueron víctimas de la guerra civil: en una ocasión se transportaba todo lo necesario para montar el puesto en un pick up cuando un comando guerrillero les ordenó detenerse para luego decirles que se fueran dejando el transporte y su comestible carga. “Esa vez se comieron toda la comida y se tomaron todas las gaseosas, además le pincharon las cuatro llantas al carro”, se recordaría ese día.


Al puesto llegan al mediodía diversos clientes: de corbata, de camiseta, en camionetas, a pie, en bicicleta, un candidato a diputado de ARENA, la alcaldesa de Antiguo Cuscatlán Milagro Navas y familias completas.

Pero desde la una de la tarde en los alrededores del puesto de panes empiezan a rondar unos comensales que nunca fallan a su cita: los mendigos de la zona; a ellos se suman algunos desempleados que esperan bajo el paso a desnivel a que algún tráiler pregunte por mozos para que con sus espaldas vacíen el contenedor.

A la una treinta de la tarde se cierran las operaciones del día para estos emprendedores, al mismo tiempo que reparte la comida a los que la solicitan. “Se les da de los ingredientes que están en las ollas, se trata de tener pan o se guarda del día anterior, sino se mandan a comprar tortillas”, asegura Karla.

A la señal de “hagan cola” y un silbido, los indigentes se forman como también lo haría dos de los mozos a los que seguramente nadie les ha ofrecido trabajo en el transcurso de la mañana. Esta vez fueron 15 personas, por lo que la duda asalta: ¿siempre alcanza? 

Y Karla me respondió sin dudar: “siempre tiene que haber comida.”



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